Satur Prieto Esteban (90 años)
Villaverde de Guareña, 21 de abril de 2026
María Saturnina Prieto Esteban nació el 9 de septiembre de 1935, proviene de una familia dedicada al sector primario, actualmente es viuda y tiene tres hijos y dos nietos.
Vive en Villaverde de Guareña, un pequeño municipio situado al noreste de la provincia de Salamanca, en la comarca de La Armuña, que cuenta actualmente con 128 habitantes empadronados. Se trata de un entorno rural donde gran parte de la población ha vivido tradicionalmente de la agricultura y la ganadería.
Esta entrevista surge con la intención de establecer un contraste entre distintas generaciones de mujeres y sus formas de vida, poniendo en diálogo el pasado y el presente. A través de este intercambio, se busca que las nuevas generaciones puedan conocer cómo era la vida en el pasado, así como valorar los saberes, prácticas y tradiciones que, en muchos casos, corren el riesgo de desaparecer si no se transmiten y se reconocen.
R: Satur, tú vives aquí en Villaverde, y también naciste aquí, ¿siempre has vivido en el pueblo?
S: Siempre, en esta misma casa. Aquí he vivido toda la vida, aquí nací y aquí sigo y aquí... No moriré. Si me da Dios una muerte repentina, a lo mejor sí (ríe).
R: La casa habrá cambiado mucho a lo largo de los años.
S: Sí, mucho, este cuarto, en el que nos encontramos ahora, era la caseta de las gallinas; aquel comedor era un comedero para los animales.
Cuando matábamos una vaca, que siempre la traía mi padre de Ciudad Rodrigo, la teníamos ahí en el comedero, y cuando en invierno hacía muy malo, los bueyes estaban en la tenada, pero si nevaba o eso y les daba de cara, pues los metíamos aquí.
Es que realmente estas casas, las casas de los pueblos, había más para el ganado que para casa, salías al corral y era más grande, luego dentro se acomodaba toda la familia como podía; en general, solo estaban las dos o tres habitaciones que tuviera la casa, dependiendo de los hijos, claro, nosotros teníamos tres.Lo que ahora es el cuarto de baño, antes era la caseta de los burros y el establo, entrábamos por ese pasillo. Todo eso eran casetas, pero es que se vivía de eso.
R: ¿Cuántas personas vivíais aquí cuando eras pequeña?
S: Yo vivía aquí con mis padres y mis hermanos: Leo, Agustín y Nicolás. Tenía otra hermana, pero murió a los 19 años.
R: ¿A qué se dedicaban tu padre y tu madre para ganarse la vida?
S: Mi padre a la labor y mi madre a las cosas de casa y a coser. Ella y yo nos sentábamos por la noche a la lumbre y preparábamos lo que fuera el hilvanado, para luego al día siguiente por la mañana coserlo a la máquina, luego ya rematabas como fuera.
Entonces se hacían calzoncillos, se hacían las camisas, el camisón, las bragas, los calcetines, todo lo hacíamos entonces. Yo luego aprendí a bordar. Siempre procurábamos que no hubiera mucho para coser a la máquina, pero claro, éramos muchos también. Entonces todo se cosía, no se tiraba nada, ahora todo se tira.
R: Entonces, tus hermanos trabajaban con tu padre al cuidado de los animales y tú ayudabas a tu madre.
S: Claro, ellos iban con mi padre más que yo. Yo con mi madre, a coser. Entonces, que se cosía mucho, no solo nosotros, toda la gente; las que tuvieran muchos hijos pues se hacían todo. Y de uno para otro.
Luego, cuando teníamos que lavarlo, íbamos a lavar al nacedero, otras veces a la laguna, en casa también teníamos una pila para las cosas más pequeñas. Angélica y yo fuimos seis veces hasta el río, allá en Aldealengua, íbamos hasta allí en las caballerías, llevábamos los lavaderos y las alforjas, teníamos unas alforjas blancas para la ropa.
Salíamos sin ver, no se veía nada cuando salíamos por la mañana. Recuerdo una vez, que íbamos Angélica y yo solas, y al bajar las cuestas, un señor, que habría madrugado más que nosotras, iría a vender repollos y cosas, y se le cayó un repollo en el suelo. Angélica se bajó para cogerlo (ríe), yo no quise bajarme, mi padre tenía huerta.
R: Hasta Aldealengua, desde Villaverde, habrá unos 15 kilómetros, ¿por qué ibais hasta tan lejos?
S: Porque aquí, en la laguna, a veces no había agua en condiciones para lavar.
R: A Salamanca, a la ciudad ¿ibais?
S: A lavar no, pero sí que íbamos varias veces a otras cosas, sobre todo a comprar. Luego, cuando se casó mi hermano y se quedó a vivir allí, íbamos a verle.
R: Aparte de todas estas tareas, de lavar, coser y ayudar a tu madre, ¿también ibas a la escuela?
S: Sí, aquí, iba con mi hermano Leo. Con los otros mayores ya no porque nos llevábamos más de cuatro años. Nos juntaban en las clases, más grandes y más pequeños, todos juntos, aunque luego nos separaban a los niños y a las niñas.
R: ¿Por qué os separaban? ¿Os enseñaban cosas distintas a tu hermano y a ti?
S: Pues no lo sé, yo creo que más o menos era igual. Recuerdo que a mí las matemáticas no me gustaban mucho, pero leer y aprender las palabras, sí.Yo, si hubiera tenido la oportunidad de estudiar, habría cogido letras, o no sé si letras u otra cosa, porque leer me gusta mucho.
R: ¿Y a qué edad dejaste la escuela?
S: A los 14 años, después de eso, ya nada. Mi hermano Leo sí que estuvo estudiando después en Salamanca. Y yo, ya entonces, de por sí no podía ir mucho tampoco a la escuela, porque me acuerdo de que, al morir mi hermana, que yo tendría yo 10 o 11 años, había que ir todos los días a misa y hacer luto por ella.
R: ¿Qué le pasó a tu hermana?
S: Decían entonces que si había sido de tuberculosa. Teníamos que ir a misa todos los días y encender las velas, ahí en la iglesia, y si no iba mi madre, pues yo, en vez de ir a la escuela, tenía que ir a misa, y luego después de misa, si era pronto, iría a la escuela. De eso ya no me acuerdo mucho.
R: ¿Y una vez que dejaste la escuela a los 14 años, te dedicabas a estar en casa?
S: En casa hasta que me casé. Y me casé, y en casa igual. Me casé en una iglesia de Salamanca, tenía 28 años, mucha gente se casó aquí en Villaverde entonces también, pero yo, hacía un año que se había muerto mi madre y estaba de luto… me casé de negro, ahora no se pone nadie de luto.
R: Llevas toda tu vida en Villaverde, te parecerá que ha cambiado mucho a lo largo de todos estos años.
S: Sí, antes había más fiestas que ahora (ríe). Antes venía San Antón, la fiesta de los quintos, que corrían los gallos y luego hacían una cena. Cuando mi hermano Nicolás fue quinto, hicimos aquí la cena, todo el mundo entraba y salía, había baile y todo, muy bien.
Luego, teníamos Santa Teresa también. El día de Santa Teresa, íbamos con una cofradía, yo tengo por ahí la medalla con una cinta azul, que la llevábamos aquí. Éramos mayordomas también. Había más ambiente, más fiestas, más bailes, venía gente de fuera, muchos mozos de todos estos pueblos.
También, recuerdo cuando íbamos a buscar el agua a la plaza, pues no había agua corriente, claro. Yo iba ahí arriba a buscar un caño, pero había varios; estaba ese, estaba el de la plaza, donde Fani había otro, y allí te juntabas con las cántaras a coger el agua y allí te echabas un parlao con la gente.
También te juntabas cuando ibas a comprar, aquí había dos tiendas de ultramarinos.
R: ¿Qué podíais comprar en los ultramarinos?
S: Pues mira, fideos, arroz, aceitunas, queso, muchas cosas. Nosotros siempre íbamos a donde la señora Francisca, que estaba aquí en la plaza, y luego había otra más para allá.
R: Cuando te casaste, ¿tu marido y tú también vivíais del campo?
S: Sí, él igual que mi padre, y yo a la casa. Pero luego, cuando teníamos las vacas de leche, que no teníamos más de cuatro, porque no nos cogían ahí en el establo más de cuatro, pues yo las ordeñaba siempre. Mira, en el verano, cuando mi marido Modesto se iba a cosechar, pues todo quedaba a mi cargo. Las vacas, las sacábamos ahí a la huerta, teníamos un trozo cercado y ahí se quedaban a dormir y todo, en el verano, luego ya no.
R: También erais vosotras las que ayudabais al cura y manteníais limpia la iglesia.
S: Claro, sí, sí, íbamos a limpiar. Durante los años que Modesto fue alcalde, siempre iba a barrer la iglesia y todo eso. También cosía para el cura, una vez le arreglé un mantel, que era muy largo, y le corté un trozo así de cada lado. Luego, el trozo que corté, como era hilo, lo aproveché para aquí. Eso que está encima de la estufa, ahí al entrar, es hilo y es de aquello.
Un año, para el Domingo de Resurrección, hicimos 14 roscas Luisa la de Timo y yo.
R: ¿Cómo hacíais tantas?
S: Pues mira, una para la Virgen y otra para el niño Jesús, pero luego también hacíamos para los niños del pueblo. Estaba Óscar entonces con la Anuncia, que lo traía para aquí, y estaba Roberto, Toña con la nieta, que me dijo: “Satur, ¿me harías una rosca para la niña?”, le digo: “Sí, mujer, cómo no te voy a hacer una rosca”. Siempre le daba una también al señor cura. Y otra, que entonces venían los maristas, le daba otra a los maristas. Luego, los niños que sacaban el niño Jesús, la del niño Jesús, se la daba a los muchachos, que la comerían por ahí entre todos.
R: La rosca tendría su receta, ¿te la enseñó a hacer tu madre?
S: Pues yo no sé quién me la enseñaría. Las que han hecho este año estaban muy buenas, que las repartieron al final de misa a la puerta de la iglesia. Nosotros nunca hicimos eso de repartirlas así en la puerta de la iglesia.
Ellas no harían más de cuatro, pero yo las estuve haciendo mucho tiempo; Modesto fue alcalde durante 24 años, no es como ahora que cada poco lo cambian (ríe). Antes también se cambiaba, lo que pasa es que a él le elegían siempre. Venían algunos, y nos decían: “Cuenta con nosotros que te votamos a ti solo”. Él les respondía: “Que yo solo no quiero, que yo quiero compañía. Que yo solo no hago nada” (ríe).
Como tenía que hacer tantas roscas y estaba yo sola, el panadero me llevaba algunas y no me cobraba nada. Venía el Jueves Santo por la mañana y se las encargábamos, el viernes no venía, y nos las traía el sábado por la mañana, así ya las teníamos listas para el domingo.
Es que, si haces cuatro o cinco, tienes que poner el horno cuatro o cinco veces, porque tardan en hacerse, que será como media hora, tres cuartos de hora. Digamos que así íbamos un poco aprendiendo, haciendo las costumbres, nos las iban contando de boca en boca, luego de unos a otros, pero al final se ha ido perdiendo poco a poco.
R: ¿Hay algo de lo que se ha perdido que eches de menos especialmente?
S: Pues sí, lo de Semana Santa, que entonces cuando venían los maristas, que se llenaba la iglesia de gente, y ellos movilizaban a todo el pueblo porque hacían muchas actividades, se implicaban muchísimo con la gente para hacer muchísimas cosas. Hacíamos obras de teatro dentro de la iglesia, escenificábamos todo lo de Poncio Pilato, y todo esto se trabajaba mucho tiempo antes de Semana Santa, toda la gente joven, y la gente mayor también, se implicaban, y no solamente eso, es que organizaban excursiones. Estaba el pueblo más unido.
Claro que, estamos hablando de unos años que este pueblo tenía cuatro o cinco veces más habitantes de los que tiene ahora. Ahora, en la Calle de la Amargura no hay nadie más que Mari y Pedro el de Azucena, y en la calle de la Iglesia, Rosa, y porque se ha venido a vivir Maricruz, si no, mira, Rosa sola
R: Antes se llenaba la iglesia y hoy vais unas cinco personas normalmente, ¿cierto?
S: En esta Semana Santa estuvimos siete. Viniste tú, vino Javi, ni la mitad de la gente… nada, no van a misa, pero luego al bar sí pueden ir, al bar van corriendo.
R: Y cuando no estabais trabajando, ni en casa, ni en el campo, ¿las mujeres del pueblo os reuníais?
S: No, entonces no se salía de paseo, estábamos cada una en nuestra casa. Había mucho que hacer en casa, más que ahora.
R: Ahora sí salís, ¿no?
S: Sí, ahora salimos todos los días de paseo. Yo, cuando está aquí Beba, salgo con ella, algunos días he salido yo para ir sola un poco por aquí atrás y eso.
R: Antes no teníais apenas ocio, alguna vez jugaríais a las cartas, aunque fuera.
S: Cuando íbamos a la escuela, que jugábamos siempre allí. Nos juntábamos diez, fíjate, a echar la partida y ya de aquellas vivimos Beba y yo solas ya.
Estaba Angelita la de Joaquín, estaba Jacinta, que ya hace que se murieron también, estaba Anuncia, estaba Ana la de Vicente, Beba, Tere la Remigia, estaba luego yo, estaba Lola, Dioni, Angélica… Nos juntábamos diez a echar la partida. Jugábamos a la brisca, con dos barajas. Es que con una dabas y no robabas.
R: ¿Cuándo crees que se veía mejor: antes o ahora?
S: Antes. Antes, mucho mejor que ahora, ¿dónde vas a dar? Se trataba toda la gente y te salías, yo me salía aquí a la trasera nuestra, venía la señora Concepción, la tía María Teresa… Salía mi madre aquí, a la trasera a coser en el invierno, que daba el sol aquí toda la tarde. Nos juntábamos aquí y en otros sitios, para allí a la trasera de Lorenza, donde la casa de los Manolos, cómo digo yo siempre, para allí, aquellos rincones, por la tarde, se juntaban todas las de la calle Sordos allí a coser. Cuando hacía frío, que estaba cada uno en su casa, pues no, no veías a la gente, pero cuando estaban así al sol, cosiendo, entonces se juntaban.
Y todas las puertas de las casas estaban abiertas y llegábamos de la escuela y rezábamos “el bendito” y le besábamos la mano a las que estaban.
R: ¿Les besabais la mano a las mujeres que estaban en casa?
S: Por ejemplo, aquí estaba mi madre, estaba la señora Concepción, la tía María Teresa. A la gente mayor, cuando llegábamos de la escuela, pues le besábamos la mano, en señal de respeto.
R: ¿Qué cosas dirías tú que se han perdido?
S: Ese respeto por los mayores, mucho. Ahora se habla “de tú” a toda la gente. Yo al señor cura, todas estas le llaman Ángel, pero bueno, si es un señor cura, digo yo, hay que tener un respeto, ¿o no?
Una vez, Cándido, que en paz descanse, aquí en mi casa, a Don Jesús, fue Cándido, y… ¿cómo fue aquello? ¿qué le preguntó?... Ahora no me acuerdo, no sé qué le dijo “de tú”, o algo así. Y le contestó: “Oye, que yo no me he ganado la carrera en la calle.” Como queriendo decir, que no le tuteara.
Aquí se ha perdido muchísimo, aquí se ha perdido mucho. Pero se ha perdido porque era otra forma de vida, y otra forma de hacer las cosas, claro, se evoluciona.
Se pierden cosas que se mejoran, pero hay costumbres y tradiciones que se han perdido, y también se pierde porque la gente se va. Antes había gente por todas partes, tú venías a la calle y te encontrabas a gente, ahora no ves a nadie. En esta calle nuestra, todas las casas estaban ocupadas, ahora estamos Domingo y yo, hasta Los Pintas, no hay nadie.
Y la venta ambulante, que también estoy pensando, la gente salía a la calle. Venía el panadero, el tendero, el carnicero, el pescadero. También nos juntábamos ahí, porque no iban puerta por puerta, a lo mejor se quedan un poco más para atrás. Yo me acuerdo de Pedro el tendero, y salías y allí estaba Mercedes, estaba Rosa, y ahí esperando a que atienda una y luego a la otra, una comprando no sé qué, la otra los jabones de no sé cuántos, y eso ahora no, porque ahora vas a Salamanca a hacer la compra y te vienes para casa, o se la encargo a Paco o a quién sea.
Ahora ya solo vienen el panadero y el frutero, que es de Espino de la Orbada. Antes, a lo mejor eran un martes a las seis de la tarde y oía a mi madre: “¡Ese es Pedro el tendero, sal!”, o “¡ese es el tío Juan!”, porque era jueves a las siete de la tarde, que era cuando venía el tío Juan. Se le compraba todo a esta gente, todo el mundo compraba a la gente que venía aquí a vender. Y venían dos panaderos, y había que comprarles el pan a los dos, porque si tú le dejas de comprar a uno, dejaba de venir. Había que comprarles a los dos para que vinieran los dos.
R: ¿En qué crees que ha mejorado el pueblo?
S: Ha mejorado la forma de vivir, porque yo creo hay más comodidades, más facilidades. Cuando mi hija Isi se puso mala cuando era un bebé, había un doctor que se llamaba el Dr. Franco, tenía que dejar a mi padre mayor en casa solo, y al otro niño, a José Ángel. El doctor me dio una nota para que llevara a la niña al hospital provincial, me dijo que allí las monjas atenderían a la niña y ya la atendieron y la curaron.
R: Una situación muy distinta a cuando enfermó tu hermana mayor.
S: Muy distinto, ahí el médico no sabía muy bien ni que le pasaba, era un médico muy malo, se llamaba Don Basilio. Un día vino mi tío Zacarías, el hermano de mi madre, y llevamos a Francisca, a mi hermana, al médico de Gomecello, se llamaba D. Florentino. Abrimos la trasera, de noche, metimos caballerías y todo, para que no se enterara nadie. Al final murió pronto, el médico dijo que ya no se podía hacer nada por ella, si la hubiera visto otro médico a tiempo, pues a lo mejor la hubieran salvado, o con una medicación, o lo que sea. Antes teníamos un médico por cada pueblo, y ahora tenemos todos el mismo y va un día a cada sitio
R: Imagino que no tendríais tanto acceso a medicamentos como ahora.
S: No. Teníamos el Ocal, que yo me lo tomaba de dos en dos, sobre todo cuando iba a tener el periodo, porque tenía muchos dolores de cabeza.
R: Entonces, diríamos que ha habido mejoras en el tema de médicos, transporte, vivienda y demás, pero quizá a nivel social es en lo que hemos empeorado. Ya es más difícil el estar todos juntos.
S: Sí, no es como antes, no. Mira, ahora para ir a Salamanca en el coche no tardas nada, 15 minutos o 20, antes pues, aquí me cogía el coche de línea, un autobús, y me llevaba, pero luego para volver me dejaba en Pedrosillo, y desde allí tenía que venir cargada con la niña, que yo no sé cómo aún tengo brazos. A veces, mi padre, con un burrito que teníamos, llevaba una almohadita, la ponía así delante de él y yo detrás de ellos, venía andando desde Pedrosillo.
R: Antes hemos hablado de que lo normal era que el hombre se fuera a trabajar al campo, a los animales, y las mujeres estabais en casa cosiendo y cuidando de la casa. Hoy en día esto ya no es así, las cosas han cambiado, sobre todo para nosotras, porque ahora las mujeres que se quieren quedar en casa se quedan, pero la que no, puede salir a estudiar y trabajar.
S: Sí, es mucho mejor ahora. Mira, cuando era la época, nosotros íbamos a la remolacha por la mañana y por la tarde, y era imposible hacerlo todo, no iba a tener yo la casa tan limpia como la tengo ahora. A ver, haz cuatro o cinco camas, y barres tres o cuatro habitaciones, y la cocina, imposible. Cuando Modesto se iba a cosechar, todo estaba a cargo mío, las vacas, la huerta, todo. Al revés eso no pasaba, Modesto no me ayudaba nunca, aunque estuviera en casa, ni a hacer una cama, ni nada de nada, Dios quiera que no lo ofenda.
R: ¿Qué crees que los jóvenes podemos aprender de vuestra generación?
S: Pues muchas cosas. La educación es lo más importante. Hay que salir más a la calle, volver a reunirnos y estar todos juntos en el pueblo e ir más a misa.